EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 16 de enero de 2018

La Insoportable levedad de la progresía





“Las preguntas verdaderamente serias son aquellas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta.” (Milan Kundera)


Los imagino todas las mañanas delante de su ordenador, leyendo los diarios en orden ideológico decreciente, observando que la misma noticia se repite sin solución de continuidad y por tanto, ante sus ojos, banalmente asequible a medida que se avanzaba en la lectura. Pérdida de empleo, cierres de pequeñas y medianas empresas, desocupación, marginalidad, desigualdad, ya forman parte de un fresco que no mortifica ni indigna a la intelectualidad progresista. Mientras hace muy pocos años ponían sobre la mesa de discusión y debate los modos y las formas más eficientes y justas para distribuir la riqueza dentro del sistema republicano en el cual el congreso juega un rol cardinal, en el presente asumen como potable un ordenamiento ceocrático solo discutible dentro de sus propios matices. Ya el dilema no es la distribución y su eficacia para incluir cada vez más ciudadanos, sino cómo menguar los efectos colaterales del modelo neoliberal pero sin salirse de su lógica excluyente.

Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos.” (Milan Kundera)


Mientras Kundera guía mis dudas sin respuestas a medida que avanzo refrescando su recuerdo no me queda más remedio que asociar esa levedad del ser progresista, autodefinido como librepensador, libremprendedor, ser independiente, individuo sometido a su albedrío, propietarios de dominios superiores en el marco de contingencias que le son ajenas, pero extremadamente convenientes a la hora de cubrirle su erratas, hallando culpables y justificando fracasos. Tal vez por eso esa palmaria levedad a la hora de analizar el presente tiene relación con la ausencia de pesadez ante el dolor del otro, porque la alteridad, sentido no incluido en los libros de fisiología, no  logra su virtuosismo con el desarrollo físico sino que es demanda espiritual cuando el humanismo comienza a invadir nuestras lecturas sociales. Y por eso es imposible que el progresismo sea capaz de multiplicar ese dolor y agregarle valor político y critico, no escucha ese dolor, es sordo de su eco.
Hoy el progresismo no asume su derrota cultural, y se adapta a las leyes darwinianas de la subsistencia aceptando como válido segmentar y discutir los gradientes de un modelo genética y drásticamente corrupto, utilizando como argumento ad hominen que el modelo anterior, al cual criticaban por izquierda, supuestamente poseía algunos funcionarios corruptos. Esto es, desde la dialéctica, puso a los individuos por encima del sistema omitiendo de ex profeso que para la existencia de un modelo corrupto es indispensable que todos sus actores lo sean, ítem del que estamos siendo testigos a diario. Noticias que acaso el progresista banaliza con su levedad tanto con el cierre de una empresa. Y me convoca Kundera a por una pregunta seria, esa que por el momento no tiene respuesta. ¿Cuánto de comodidad siente el ser progresista dentro de un modelo en esencia corrupto, perfecto y eficiente en sus medios y fines, y cuánto de incomodidad siente el ser progresista dentro de un modelo, acaso imperfecto en sus medios no en sus fines, inclusivo, que tiende a la equidad?  


lunes, 15 de enero de 2018

Humanismo Crítico, humanismo y terror, por Horacio González para La Tec@ Eñe



HUMANISMO: Un término que utilizamos mucho en Nos Disparan desde el Campanario, no solo desde la filosofía sino como idea y propuesta  política. Alguna vez pensamos que estaba fuera de moda,a vista del poco interés, hasta  nos lo hicieron sentir arcaico. La brillante pluma de Horacio González revive su trascendencia colocándolo en un lugar cardinal dentro del entramado socioeconómico. No es hora de golpearse el pecho, el hora de leerlo con atención. 





Fuente:


Las palabras tienen la extraña característica de burlarse de nosotros, sus tímidos usuarios. Hay un momento en que se apoderan de nuestras pobres lenguas y nos abandonan como niños de pecho, dejando que las sigamos usando aun cuando poco o nada signifiquen. No obstante, se mantiene firme la expresión “capitalismo”, pues al sentirse confirmada en la historia –ese suelo irrebatible que da verdad tácita de forma amarreta, no a cualquiera ni a cualquier cosa que sea-, sigue y sigue. El socialismo, su enterrador, no hizo poco para cumplir su papel. Pero en sus más decididos aspectos, tropezó con formas políticas más drásticas que las que le permitía el contacto fraterno que siempre tuvo con el pensar libertario, y en sus formulaciones más débiles, adoptó las de las socialdemocracias europeas de comienzos del siglo XX, que quisieron vivir de su dulcificación. Postuló crear grandes sindicatos que tuvieran afortunadas negociaciones con las poderosas empresas, de modo de ir inclinando progresivamente del lado rico al lado más necesitado, el reparto de la renta nacional o internacional. Esto último si tenemos en cuenta el keynesianismo de Bretton Woods, que aun siendo más generoso que lo que mostró su criatura, el FMI, también boyaba en las aguas del capitalismo de posguerra.
        
Aliado a las sucesivas reformulaciones tecnológicas, aun sin dejarnos abismar por una teoría energética del desarrollo de la humanidad, el capitalismo ha marcado la hora mundial en los dos últimos siglos, desde el combustible de carbón al motor de explosión, y de éste a las economías digitales. El capitalismo es su tecnología, y ésta es su pensamiento y su sensibilidad última. Han cambiado las formas de plusvalía que tan meticulosamente analizó Marx en 1867, pues no son ahora las de la producción directa de excedentes no remunerados del trabajo, sino que se amplían a las esferas jurídicas, simbólicas, comunicacionales y subjetivas. Por esto último, entiendo también una “tecnología” –no lo que abusivamente denomino Foucault de ese modo, una forma del cuidado de sí mismo- sino a una alianza entre la inmaterialidad de la existencia colectiva y la matriz de innovaciones sobre la materialidad de los consumos. Entendiendo por consumo una forma del tiempo, de circulación y de pensamiento. Allí está ahora la plusvalía. Lo que no conocemos ni reconocemos en nosotros mismos de aquello que somos capaces de concebir o imaginar. En esa brecha el capitalismo reaparece no con la forma de una mercancía objetiva sino bajo el llamado de una construcción imaginaria del yo. Rehace, incluso, la vida popular en casi toda su extensión.
        
El ideal capitalista, de borrar lo humano bajo un conjunto de abstracciones vivas –sustraídas de los ex vivientes que ofertaron a él su cuerpo desnudo-, parece haber triunfado en configuraciones que trasladan la idea de máquina a la idea de experiencia humana. Lo humano se sujeta ya a la experimentación total, en vez de situarse como depositario último del orden de las tecnologías.

No ocurre esto con una coacción visible, sino con el suave arrullo de millones de imágenes, a veces de fina orfebrería, y otras veces, midiendo las microcélulas de nuestros sentimientos a través de mega estadísticas que usurpan lo cotidiano a través de una desconocida matemática que traza destinos y experiencias vitales. No se trata, entretanto, de evadirnos de imágenes ni entrar en los pesares de una persecución imaginada, que nadie nos hace, porque de por sí, ya estamos sitiados. Vivimos como fugitivos sacándonos selfies.
        
Creo un error denominar “capitalismo serio” a cualquier proyecto popular, justificándolo en las conocidas dificultades mundiales: poblaciones mutantes, náufragos que huyen, imperialismo de la circulación digital, ciudades vaciadas en favor de la productividad de la circulación de máquinas y subjetividades, vidas populares arrancadas de su cuajo, intereses políticos quebrados en su autonomía interna, ilegalidad como forma económica suprema. No hay neoliberalismo sin capitalismo. Y ésta es una apuesta grandiosa a la ilegalidad de toda operación sobre los flujos financieros, afectivos y políticos.
Creo también que esta nueva situación –donde crecen todo tipo  de peligros-, no se resuelve postulando una variante de tal o cual socialismo. También él se convirtió en palabra que intenta salvarse por la vía de la seriedad. Pero sus vástagos son portadores de un nombre sin sujeto. Una nostalgia también puede ser negociable. La prueba la tenemos entre nosotros.
        
Una nueva forma de unidad para combatir estos rostros del terror que producen, mancomunados, las alianzas financieras, comunicacionales, jurídicas y estado-represivas, no debe tener un nombre fijo que ya ha hecho su tránsito, por más venerable que sea. Ante este capitalismo, una unidad social-política no es una sumatoria de pedazos subsistentes, por más que los estimemos como nadie y nos sigan respirando a nuestras espaldas. Los escuchamos. Pero es necesario correr la mirada hacia otros ámbitos, no digo novedosos en su brazada total –no creo que exista ese tipo de novedad-, sino novedosos en un nuevo uso de una parte dormida de viejos diccionarios. Lo novedoso sería despertar de otra manera una palabra distraída en nuestra lengua embarrada.
        
Propongo la palabra humanismo, con el agregado de la palabra crítico.  Es palabra al parecer gastada. Pero su gasto, creo recordar, fue bueno. Y entonces, puede seguir siendo invocada al servicio de lo que desde siempre está llamando, a lo humano sin más. Pero no sin crítica. Lo humano que se sabe a sí mismo en medio de una decisión, de una indagación sobre sí mismo, de una intervención cesárea que comprueba su subsistencia pensante, sintiente y productiva. Nada es proyección de un sujeto hacia afuera si simultáneamente no lo alberga la inquietud de reponer en su sí mismo lo que abandona hacia lo comunitario.
        
Humanismo crítico, entonces. Un pensar sobre sí que reúna un deseo de retomar hilos abandonados de una historia. No una solución progresista o izquierdista o desarrollista de izquierda –como sea, y sin despreciar ninguna-, sino un anticapitalismo que no actúe ni a ciegas ni se llame a sí mismo “serio”. Pero todo él, dicho de manera propicia para crear ámbitos que nucleen a los que sin saberlo, ya han transitado por este humanismo crítico, el otro nombre que respira hacia adentro para decir anticapitalismo. Pero decirlo bajo el signo de economías existenciales y existencias culturales que buceen en otros barrios de la vida histórica, popular e intelectual.
Para ese tránsito, hay obvios antecedentes en el mundo. Pero solo quiero mencionar los de nuestro país, que están inmersos en su propia historia y se confunden con ella. Solo que hay que rescatarlos de su uso “capitalista”. Daré ejemplos. El último Alberdi, del Crimen de la Guerra en adelante, sacándole su prematuro amor por los síntomas de la primera globalización y sus fobias contra las poblaciones que preexisten a la gran inmigración. No es poco lo que hay que hacer allí. Ayuda el primer Alberdi, el de la filosofía romántica como sujeto social y jurídico de un país. Carlos Astrada, con su idea de los mitos propiciatorios y su crítica a las escatologías. Una y otra, contradictorias, son un horizonte a desbrozar. Revisión del tema del honor: desde el Decreto de supresión de honores de Mariano Moreno al “renuncio a los honores y no a la lucha” de Evita. La tesis del cacique Oberá, Resplandor del Sol, gran leyenda que va desde Martín Del Barco Centenera a José María Ramos Mejía, como índice primigenio de libertad sudamericana.

El krausismo del yrigoyenismo, extirpado de sus vaguedades. El humanismo social del primer peronismo, retirado de sus catecismos obligatorios. El periódico La Montaña de José Ingenieros y Leopoldo Lugones (1897). El tema del traidor y del héroe, de Borges. La feminista Fenia Chertkoff, el coronel Chilavert en la batalla de Caseros. Las discusiones sobre la obra Ollantay,  tal como fue retomada por Ricardo Rojas. La izquierda sin sujeto, filosofar primero de León Rozitchner y la Correspondencia Perón-Cooke. El humanismo invertido de los Cuentos fatales (Lugones) y Los 7 locos (Arlt). La literatura colonial revisada y criticada a la luz de la literatura gauchesca, criticada ésta también considerando sus proyecciones contemporáneas.

José Ingenieros extirpado de su momento cercano a crear una “raza argentina” y tomado en su momento latinoamericano. El humanismo dadaísta de Cortázar que atraviesa postreramente el tercermundismo. El José Martí de Martínez Estrada. La Carta de Walsh a las juntas. El solicitante descolocado y Eva Perón en la hoguera de Leónidas Lamborghini. Moisés Lebensohn y César Tiempo. La imposibilidad de creer, de Macedonio Fernández. Los artículos de Raúl Scalabrini Ortiz en la revista Qué. Fermín Chávez. Arturo Jauretche. Hernán Benítez. La revista De Frente, de Cooke. Adán Buenos Ayres de Marechal. Tartabul, de David Viñas. Respiración Artificial de Piglia, Runa de Rodolfo Fogwill. Leonardo Favio, Quinquela Martín y Gorriarena, Alejandra Pizarnik y Liliana Maresca. Las obras de Carri, Laclau y Casullo. Estilos tecnológicos de Oscar Varsavsky. Rodolfo Puiggrós y Hernández Arregui. Silvio Frondizi. Esteban Echeverría y Héctor Agosti. Bayley, Viel Témperley, Mastronardi y Juan Laurentino Ortiz, J. J. Saer y Di Benedetto. Hugo del Carril y Elías Castelnuovo. Alfredo Varela. Contorno. Cristianismo y revolución. Poesía Buenos Aires. Pasado y presente. Cuchi Leguizamón, Castilla, Yupanqui, Homero  Manzi, Cobián y Cadícamo, Homero y Virgilio Espósito. Spinetta. Los martirologios antiguos y presentes.

El menú es variado, como se ve. E incompleto. Nada tomado al pie de la letra y todo sujeto a revisión. La historia social, económica, tecnológica e intelectual argentina debe ser reescrita. Una nueva bitácora. Si no les gusta tengo otra. Todo nos interesa porque a todo quieren destruir, desautorizar, despreciar.

El terror nos abarca, en forma sutil a todos, a otros los alcanza con sus balas para las que pide justificación popular. Ante eso, deberemos pedirle audiencia a estos cables de alta tensión del memorial argentino –que no  se agotan aquí-, que deben ser de consulta obligatoria. Yacen allí a la espera un humanismo crítico, de naturaleza social frentista, que aglutine memorias y esfuerzos para desatar las lianas de gaseoso terror que van queriendo esparcir desde las farmacitys estatales.




viernes, 12 de enero de 2018

Gobernar con impunidad: Frigerio y Todesca - Mentir sobre lo mentido






Frigerio:



"Sabíamos y reconocimos hace algunos meses que no íbamos a poder cumplir con la pauta que se había planteado a principios de año y también replanteamos la pauta inflacionaria para el año que viene". 


......................pero como también sabemos que tenemos un electorado cautivo lábil, lobotomizado y manejable todo nos chupó un huevo debido a que nuestra armada mediática y judicial se encargó de entretenerlo con cotillón surtido... 



Cómo será la cañada. A pesar de un índice Todesca pisado las metas no se pudieron cumplir, es más nunca se pensaron cumplir


Todesca:

"De estos niveles de inflación crónicos se desciende a lo largo de mucho tiempo y con mucho esfuerzo"





A todo esto no vamos a tomar más deuda, sentenció Macri


Oficializan emisión de Bonos por u$s 9.000 millones colocados en el exterior











ESTA ES UNA BUENA MANERA PARA SABER 
CUANDO SE ESTÁ ANTE UN PSICÓPATA

jueves, 11 de enero de 2018

Debemos caminar hacia un mundo de trabajo creativo - Ensayo




El sentido del trabajo en una sociedad sostenible

John Bellamy Foster editor general de Monthly Review, para Revista Sin Permiso


Fuente:




Este artículo es una versión revisada de “The Meaning of Work in a Sustainable Society: A Marxian View”, publicado en marzo de 2017 por el Center for the Understanding of Sustainable Prosperity de la University of Surrey.

¡Al diablo con esta vida ociosa! Quiero trabajar.
William Shakespeare, Enrique IV, Parte I, Acto II, Escena IV.

La naturaleza y el sentido del trabajo, en lo que respecta a una sociedad futura, ha dividido profundamente a los pensadores ecologistas, socialistas, utópicos y románticos desde la Revolución Industrial. Algunos teóricos radicales han considerado que una sociedad más justa simplemente requiere la racionalización de las actuales relaciones laborales, junto con un incremento del tiempo de ocio y una distribución más equitativa de los frutos del trabajo. Otros han defendido la necesidad de trascender todo el sistema de trabajo alienado, haciendo del desarrollo de relaciones laborales creativas el elemento central de una nueva sociedad revolucionaria. En lo que parece ser un esfuerzo por eludir este viejo conflicto, los discursos actuales sobre desarrollo sostenible, aunque no niegan la necesidad del trabajo, a menudo lo llevan a un segundo plano, haciendo hincapié en las ventajas que supondría el aumento de las horas de ocio. Parece difícil poner en duda las bondades de este aumento del tiempo de no-trabajo, y resulta además sencillo imaginar tal posibilidad en el contexto de una sociedad sin crecimiento. La cuestión del trabajo, en cambio, está cargada de dificultades intrínsecas, ya que afecta a las raíces del sistema socioeconómico actual, desde la forma de dividir las actividades productivas hasta las relaciones de clase. Sin embargo, sigue siendo cierto que no es posible concebir de forma coherente un futuro ecológicamente sostenible sin abordar el problema del homo faber, es decir, el papel creativo, constructivo e históricamente determinado que juega el ser humano en la transformación de la naturaleza: la relación social con el mundo físico que distingue a la humanidad en tanto que especie.
Dentro de la literatura utópica socialista de finales del siglo XIX, es posible distinguir dos tendencias fundamentales con respecto al futuro del trabajo, representadas por un lado por Edward Bellamy, autor de Mirando atrás, y por el otro por William Morris, autor de Noticias de ninguna parte. Bellamy, imaginando algo que hoy es familiar para nosotros, concibió el avance de la mecanización, junto con una completa organización tecnocrática del trabajo, como la base para un mayor tiempo de ocio, considerado este como el bien supremo. En contraste, Morris, cuyo análisis derivaba de Charles Fourier, John Ruskin y Karl Marx, enfatizó la centralidad del trabajo útil y agradable, lo cual requeriría la abolición de la división capitalista del trabajo. Hoy, la mayoría de concepciones sobre una economía sostenible se parecen más a la visión mecanicista de Bellamy que a la perspectiva más radical de Morris. Esta idea de “liberación del trabajo” como fundamento del desarrollo sostenible ha estado muy presente en los escritos de los primeros ecosocialistas y de los teóricos del decrecimiento, como André Gorz o Serge Latouche.
Sostendré aquí que la idea de la liberación casi total del trabajo, por su unilateralidad e incompletud, es en última instancia incompatible con una sociedad genuinamente sostenible. Después de examinar, en primer lugar, la visión hegemónica del trabajo en la historia del pensamiento occidental, que se remonta a los antiguos griegos, paso a considerar las ideas sobre el asunto de Marx y Adam Smith, mostrando la oposición entre ambas. Esto me lleva a la cuestión de cómo los pensadores socialistas y utópicos han discrepado unos con otros en la cuestión del trabajo, tema que abordaré centrándome en el contraste entre Bellamy y Morris. Todo esto, me parece, apunta a la conclusión de que el verdadero potencial de cualquier sociedad sostenible del futuro reside no tanto en el aumento del tiempo libre, sino en la capacidad para generar un nuevo mundo de trabajo creativo y colectivo, controlado por los productores asociados.

La ideología hegemónica del trabajo y del ocio

El relato que aparece hoy en todos los libros de texto de economía neoclásica retrata el trabajo en términos puramente negativos, como desutilidad o sacrificio. Los sociólogos y economistas suelen presentar esto como un fenómeno transhistórico, que se extiende desde la Grecia Clásica hasta el presente. Así, el teórico cultural italiano Adriano Tilgher declaró en 1929, como es bien sabido: “Para los griegos el trabajo era una maldición y nada más”, apoyando su afirmación con citas de Sócrates, Platón, Jenofonte, Aristóteles, Cicerón y otras figuras, que representan la perspectiva aristocrática sobre el asunto en la Antigüedad.
Con el surgimiento del capitalismo, el trabajo fue visto como un mal necesario que requería, para ser realizado, del uso de la coacción. En 1776, en los albores de la Revolución Industrial, La riqueza de las naciones de Adam Smith definió el trabajo como un sacrificio, que requería “el esfuerzo y la fatiga [...] de nuestro propio cuerpo”. El trabajador “sacrificará siempre […] su tranquilidad, su libertad y su felicidad”. Unos años antes, en 1770, apareció un tratado anónimo titulado An essay on trade and commerce, escrito por una figura (que más tarde se asoció a J. Cunningham) a quien Marx describió como “el representante más fanático de la burguesía del siglo XVIII”. En opinión del autor, para romper el espíritu de independencia y ociosidad de los trabajadores ingleses, deberían establecerse “casas de trabajo”, para encarcelar en ellas a los pobres, convirtiéndolas en “casas de terror, donde deberían trabajar catorce horas al día, de tal manera que cuando se dedujera el tiempo de la comida, quedaran doce horas completas de trabajo.” Thomas Robert Malthus promovió puntos de vista similares en las décadas posteriores, lo que condujo a la New Poor Law de 1834.
La ideología económica neoclásica trata hoy la cuestión del trabajo (work) como un término medio entre el ocio y el tiempo de trabajo (labor). Contradice así, al menos parcialmente, su propia definición más general del trabajo como desutilidad, presentándolo más como una opción financiera personal que como el resultado de la coerción. Sin embargo, sigue siendo cierto, como observó el economista alemán Steffen Rätzel en 2009, que en el fondo el “trabajo”, en la teoría neoclásica, “es visto como un mal necesario, cuya única utilidad es la de generar ingresos para el consumo” (cursivas añadidas por el autor).
Esta concepción del trabajo, cuya credibilidad deriva en gran medida de la alienación que caracteriza a la sociedad capitalista, ha sido puesta en duda una y otra vez por los pensadores radicales. Estos nos recuerdan que los puntos de vista actualmente hegemónicos sobre esta cuestión no son ni universales ni eternos, y que el trabajo no tiene por qué ser considerado simplemente como desutilidad ―aunque las condiciones en las que se desarrolla en la sociedad contemporánea tiendan a convertirlo en una carga y en algo asociado, por lo tanto, a la coacción―.
De hecho, el mito de que los pensadores griegos antiguos eran todos anti-trabajo, de tal forma que existiría una continuidad histórica desde entonces hasta la ideología dominante actual, fue refutado por el clasicista y filósofo de la ciencia marxista Benjamin Farrington en su estudio de 1947, Mano y cerebro en la Grecia Antigua. Farrington demostró que tales puntos de vista, aunque eran lo suficientemente comunes entre las facciones aristocráticas representadas por Sócrates, Platón y Aristóteles, resultaban contrarios a los de los filósofos presocráticos, y estaban lejos de ser predominantes si se tenía en cuenta el más amplio contexto histórico de la filosofía, la ciencia y la medicina griegas, que hunden sus raíces en tradiciones de conocimiento artesanal práctico. “La teoría central de los milesios”, el origen de la filosofía griega ―escribió Farrington―, “se basaba en la idea de que todo el universo funciona de la misma manera que las pequeñas partes del mismo, que están bajo el control del hombre”. Así, “toda técnica humana” desarrollada en el proceso de trabajo, como la de cocineros, alfareros, herreros y agricultores, era evaluada no solo en términos de sus fines prácticos, sino también por lo que tenía que decir sobre la naturaleza de las cosas. En tiempos helenísticos, los epicúreos, y más tarde Lucrecio, desarrollaron esta visión materialista, explicando el reino de la naturaleza desde la experiencia proveniente del trabajo artesanal. Todo esto es evidencia del enorme respeto que desde Grecia se ha otorgado al trabajo, y al trabajo artesanal en particular.
Los materialistas en la Antigüedad construyeron sus ideas desde un conocimiento profundo del trabajo y desde el respeto por los avances que este trajo al mundo, en claro contraste con los idealistas, quienes, representando el desprecio aristocrático por el trabajo manual, promovieron mitos celestiales e ideales anti-trabajo. Esta visión la encontramos, por ejemplo, en una declaración atribuida a Sócrates por Jenofonte: “los llamados oficios manuales están desacreditados y, lógicamente, tienen muy mala fama en nuestras ciudades” (Económico, IV, 2). Nada podría estar más lejos de la cosmovisión de los materialistas griegos, que vieron el trabajo como la encarnación de las relaciones dialécticas entre la naturaleza y la sociedad.
La concepción individualista-posesiva del trabajo de Smith, que representaba el punto de vista burgués, fue igualmente cuestionada por los pensadores socialistas. Escribiendo en 1857-58, Marx afirmó:

«¡Trabajarás con el sudor de tu frente! fue la maldición que Jehová lanzó a Adán. Y esto es el trabajo para Smith, una maldición. La “tranquilidad” aparece como el estado adecuado, como idéntico a “libertad” y “felicidad”. Smith no parece tener en cuenta que el individuo, “en su estado normal de salud, vigor, actividad, habilidad, destreza”, también necesita una porción normal de trabajo y de suspensión de la tranquilidad. [...] Tiene razón, por supuesto, en que en sus formas históricas de trabajo esclavo, trabajo servil y trabajo asalariado, el trabajo se presenta siempre como algo repulsivo, siempre como trabajo forzado, impuesto desde el exterior; frente a lo cual el no-trabajo aparece como “libertad y felicidad”. [...] [En tales formaciones sociales] el trabajo [...] aún no ha creado las condiciones subjetivas y objetivas [...] en las que el trabajo se convierte en trabajo atractivo, en la autorrealización del individuo. [...] En fin, A. Smith solo tiene en mente a los esclavos del capital».

Marx está explicando que la idea de Smith de la libertad como “no-trabajo”, lejos de ser una verdad inmutable, es el producto de condiciones históricas específicas, las del trabajo asalariado desarrollado en condiciones de explotación. “El trabajo se convierte en trabajo atractivo”, para Marx, solo en circunstancias de no alienación, cuando ya no es una mercancía. Esto requiere formas nuevas y superiores de producción social bajo el control de los productores asociados. Todo esto tiene sus raíces, por supuesto, en la poderosa crítica del joven Marx al trabajo alienado en sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Para Marx, los seres humanos son fundamentalmente seres corporales. Disociar la humanidad de las relaciones materiales de los hombres, separando radicalmente el trabajo intelectual del trabajo manual, es la forma de perpetuar la alienación humana.

El utopismo socialista: Bellamy y Morris

Si bien era esperable que los socialistas rechazaran la visión hegemónica de las relaciones de trabajo propias del capitalismo, la medida en que esto se tradujo en concepciones de las relaciones de trabajo realmente diferentes de las del status quo varió de forma significativa dentro de la misma literatura socialista. Veamos esto con cierto detalle. Mirando atrás, de Edward Bellamy, una obra de 1888 poco leída actualmente, fue el libro más popular de su época, solo superado por La cabaña del tío Tom y Ben-Hur, vendiendo millones de ejemplares y siendo traducido a más de veinte idiomas. Erich Fromm relata, por ejemplo, que en 1935 “tres destacadas personalidades, Charles Beard, John Dewey y Edward Weeks”, consideraron (por separado) que la novela de Bellamy era el segundo libro más influyente del medio siglo anterior, solo superado por El Capital de Marx.
La novela utópica de Bellamy apareció en un período de rápida expansión económica, industrialización y concentración de capital en los Estados Unidos. El protagonista, Julian West, se despierta en Boston en el año 2000 para descubrir una sociedad completamente transformada, en un sentido socialista. Las políticas implementadas para crear confianza en la Edad Dorada habían llevado a la creación de una empresa monopolística gigante que, al ser después nacionalizada, había situado la economía bajo el control absoluto del Estado. El resultado es una sociedad altamente organizada e igualitaria. Se requiere a todos los individuos que se unan al ejército de trabajadores a los veintiún años, pasen tres años contribuyendo como trabajadores comunes, y luego avancen a una ocupación cualificada, con trabajo obligatorio hasta los cuarenta y cinco años. Después de esto, cada ciudadano puede aspirar a convertirse en un hombre o una mujer de ocio. En esta sociedad ideada por Bellamy, el trabajo se concibe todavía como un sufrimiento, no como un placer, y el objetivo final es trascenderlo.
William Morris, que era entonces el principal impulsor de la Liga Socialista con sede en Londres, escribió una reseña muy crítica del libro de Bellamy, centrándose en sus descripciones del trabajo y del ocio. En 1890 publicó su propia novela utópica socialista, Noticias de ninguna parte, que presentaba una visión del trabajo muy diferente. Morris, en palabras de E. P. Thompson, “era un utopista comunista, con toda la fuerza de la tradición romántica detrás de él”. Las principales influencias en su comprensión del papel del trabajo en la sociedad eran Fourier, Ruskin y Marx, quienes habían criticado, aunque desde perspectivas políticas marcadamente distintas, la división del trabajo y las relaciones de trabajo distorsionadas y alienantes bajo el capitalismo. De Fourier, Morris tomó la idea de que el trabajo podía estructurarse de manera que fuera placentero. De Ruskin adoptó la idea de que las artes decorativas y la arquitectura de la Baja Edad Media reflejaban las condiciones en las que los artesanos habían vivido y trabajado: en su opinión, estas circunstancias les habían permitido canalizar, de forma libre, sus pensamientos espontáneos, sus creencias y sus ideas estéticas en todo lo que hicieron. Como escribió Thompson, “Ruskin [...] fue el primero en señalar que el placer de los hombres por el trabajo que les da de comer constituye el cimiento mismo de la sociedad, y en relacionar esto con toda su crítica de las artes”. De Marx, Morris tomó la crítica histórico-materialista de la explotación en el trabajo, que está en la raíz de la sociedad de clases capitalista.
La síntesis resultante llevó a la famosa idea de Morris de que “El arte es la expresión de la alegría del hombre en el trabajo”. El trabajo creativo, argumentó, es esencial para los seres humanos, que deben “estar haciendo algo o creer que están haciéndolo”. Estudiando la conexión histórica entre el arte y el trabajo en la época preindustrial, Morris sostuvo que “todos los hombres que han dejado algún rastro de su existencia detrás de ellos han practicado el arte”. Siempre hay un “placer sensible” concreto en el trabajo, en la medida en que es arte, y lo mismo en el arte, en la medida en que es trabajo no alienado; y este placer aumenta “en proporción a la libertad y la individualidad del trabajo”. El objetivo principal de la sociedad debería ser la maximización del placer en el trabajo, a fin de satisfacer las necesidades humanas genuinas. Es “la falta de este placer en el trabajo diario” bajo el capitalismo, observa Morris, “lo que ha hecho de nuestras ciudades y viviendas insultos sórdidos y horribles a la belleza de la Tierra, a la cual desfiguran, y lo que ha convertido a todos los accesorios de la vida en algo miserable, trivial, feo”.
Morris criticó el desperdicio de trabajo dedicado a producir cantidades inagotables de productos inútiles, como “alambre de púas, armas de 100 toneladas y paneles publicitarios que afean el paisaje a lo largo de las vías ferroviarias, entre otras cosas”. También criticó las “mercancías adulteradas”, que echan a perder vidas humanas y contaminan, además, el entorno natural y social.
Los ejemplos de Morris estaban bien escogidos. “Alambre de púas” y “armas de 100 toneladas” eran metonimias de la guerra imperial británica y la producción de armas que esta acarreaba. (A día de hoy, los Estados Unidos gastan más de un billón de dólares al año en gastos militares reales, aunque la cifra oficial sea menor). La referencia a los “paneles publicitarios” aludía a todo el fenómeno, más amplio, de la publicidad. (Hoy en día se gasta más de un billón de dólares en publicidad en los Estados Unidos). Finalmente, con su referencia a las “mercancías adulteradas”, Morris estaba señalando el problema de la adulteración de alimentos, pero también el desarrollo de aditivos ―estrategias empleadas, ambas, para reducir los costos y aumentar las ventas―, así como la producción de diversos productos de mala calidad, caracterizados por lo que ahora se llama obsolescencia programada. (Actualmente, la penetración de las estrategias publicitarias en el diseño de la producción afecta a casi todas las mercancías).
Desde el punto de vista de Morris, la producción de bienes que no contribuyen a la reproducción social o que son dañinos es un desperdicio de trabajo humano. Afirmó, por ejemplo: “piensen, les ruego, en la producción de Inglaterra, el taller del mundo: ¿acaso no les produce desconcierto, como a mí, pensar en la cantidad de cosas que ningún hombre en su sano juicio podría desear, pero que con inútil esfuerzo nos dedicamos a fabricar y vender?”
Al criticar tal tipo de producción, por su despilfarro, falta de valor estético y alienación laboral, Morris no pretendía atacar la mecanización de la producción como tal. Estaba señalando, más bien, la necesidad de que la producción se organizase de tal forma que el ser humano no se redujese a ser, como había dicho Marx, un “apéndice de una máquina”. Como dijo el propio Morris, el trabajador resulta degradado en la sociedad capitalista industrial, de forma que no es “ni tan siquiera una máquina, sino una porción calculada de esa máquina grande y casi milagrosa que es la fábrica”.
En palabras similares a las empleadas por Marx al tratar la cuestión del trabajo alienado en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Morris afirmó en su conferencia de 1888 “Art and its producers” que los intereses vitales del obrero “están divorciados del objeto de su trabajo”.

“El trabajo del proletario se ha convertido en “empleo”, es decir, en la mera oportunidad de ganarse la vida gracias a la voluntad de otra persona. Los intereses que guían la producción de mercancías en este sistema se han alejado completamente de los del obrero ordinario, y responden únicamente a los de los organizadores de su trabajo; además, estos intereses tienen generalmente poco que ver con la producción de mercancías, en tanto que cosas destinadas a ser manejadas, observadas, usadas… se reducen, en cambio, al intento de posicionarse bien en el gran juego del mercado mundial”.
Para Morris, la visión de Bellamy era “puramente moderna, ahistórica, poco artística”. Representaba el ideal del “profesional de clase media” que, en el utópico Boston de Mirando atrás, está al alcance de todos después de unos años de trabajo ordinario. “La imagen que provoca [Bellamy] es la de un gran ejército permanente, firmemente organizado, obligado por un misterioso destino a producir mercancías de forma ansiosa e incesante, y satisfacer así cualquier capricho, por derrochador y absurdo que pueda ser”.
En agudo contraste, para Morris “el ideal del futuro no apunta a la disminución de la energía del hombre mediante la reducción del trabajo al mínimo, sino más bien a la reducción del sufrimiento en el trabajo a un mínimo, tan pequeño que el trabajo dejará de ser pesado”. En su visión, no hay ninguna barrera para que el trabajo sea creativo y artístico, porque la producción no está determinada por un concepto estrecho de productividad, orientado a las ganancias capitalistas. La utopía de Bellamy, con su amortiguado “semi-fatalismo económico”, se preocupaba “innecesariamente” por la búsqueda de “algún incentivo para trabajar, que pudiese reemplazar el miedo al hambre, que es actualmente el único, cuando en realidad el verdadero incentivo al trabajo útil y feliz no puede ser otro que el placer en el trabajo mismo”.
Noticias de ninguna parte transformó estas críticas de Morris a Bellamy en una visión utópica alternativa. Un hombre llamado William ―a quien aquellos que va conociendo llaman William Guest― se despierta de un sueño (aunque se deja intencionalmente ambiguo si todavía está soñando) y aparece en Londres a principios del siglo XXII, alrededor de un siglo y medio después de un estallido revolucionario en la década de 1950, que condujo a la creación de una sociedad comunal socialista. En la utopía de Morris, la tecnología se usa para reducir el trabajo tedioso, pero no para restarle importancia al trabajo en general. La producción está orientada a la satisfacción de necesidades genuinas y a la creación artística. Existen nuevas formas de producción de energía, menos destructivas, y la contaminación ha sido erradicada. Los trabajadores habían permanecido atados, al principio, a la visión mecanicista del trabajo, pero después del Gran Cambio, “bajo la apariencia de placer que no se suponía que era trabajo, el trabajo que era placer comenzó a desplazar al trabajo mecánico. [...] las máquinas no podían producir obras de arte y [...] las obras de arte eran cada vez más demandadas”. Se demostró que el arte y la ciencia eran “inagotables”, al igual que las posibilidades de la creatividad humana a través del trabajo significativo, desplazando así a la producción capitalista anterior, que fabricaba “una gran cantidad de cosas inútiles”.
Actualmente, a muchos les puede resultar extraña, sin duda, esta “crítica artística”, pintoresca y moralizante, del capitalismo. Pensadores como Luc Boltanski y Éve Chiapello ven la actual ausencia de críticas de este tipo, representadas en el pasado por figuras tan diversas como Morris o Charles Baudelaire, como una de las principales consecuencias de la flexibilidad postfordista de finales del siglo XX. El “nuevo espíritu del capitalismo”, argumentan, implica una integración generalizada de las formas artísticas en la producción capitalista.
La debilidad del análisis de Boltanski y Chiapello radica en que mezclan las apariencias de superficie con los problemas estructurales. Caen presos del fetichismo de las mercancías en sus formas más nuevas y de moda, sin explicar adecuadamente hasta qué punto la “crítica artística” y la “crítica social” están inextricablemente conectadas y en qué medida existen, en ambas dimensiones, obstáculos infranqueables dentro del sistema capitalista. Así las cosas, parece que tras la crisis del capitalismo global de 2008-09, las críticas clásicas ―tanto sociales como artísticas― de la alienación y la explotación, representadas por Marx o Morris, son más necesarias que nunca.
Un punto fuerte de la visión del trabajo de Morris en Noticias de ninguna parteradica en la relativa igualdad de género existente en el centro de trabajo. La figura del maestro artesano aparece una única vez en toda la novela, en un capítulo titulado “Los disidentes obstinados”, y esa posición es ocupada por una mujer, la señora Philippa, una talladora de piedra y albañil. Aunque el capataz es hombre, es Philippa quien decide cuándo y cómo se lleva a cabo el trabajo. Su hija también es talladora de piedra, mientras que un joven sirve la comida. La división del trabajo, en la sociedad ideada por Morris, ya no está estrictamente relacionada con el género (aunque, al abordar esta cuestión, Morris incorpora algunas contradicciones de forma intencional, representando un mundo que todavía está en proceso de cambio).
Al igual que Marx, Morris acompañó su análisis sobre la posibilidad de un trabajo creativo y no alienado con cuestiones ecológicas, viendo con claridad que la degradación de las relaciones laborales humanas y la degradación de la naturaleza están inseparablemente conectadas. Marx llegó a comparar la propiedad de la tierra con la propiedad sobre los seres humanos, afirmando que ambas son irracionales, pues conducen a la explotación de unos hombres por otros y a la destrucción de la naturaleza. Del mismo modo, para Morris, en la sociedad capitalista ―como dice Clara en Noticias de ninguna parte― la gente buscaba “hacer a la ‘naturaleza’ su esclava, ya que pensaban que la ‘naturaleza’ era algo que estaba fuera de ellos”. Morris argumentó, además, que la producción de carbón debería reducirse a la mitad, por ser un trabajo que debilita a la humanidad y destruye la salud de los seres humanos, pero también por la contaminación masiva que genera. Una sociedad más racional sería aquella que realizase recortes profundos en la producción de carbón, mientras profundiza en la satisfacción de las necesidades humanas, abriendo nuevos espacios para el progreso humano.

La crítica de la división del trabajo

Marx y Morris argumentaron que la repulsión hacia el trabajo en la sociedad burguesa se debe a la organización alienante del trabajo, en una visión que combinaba la crítica estética del capitalismo con la crítica político-económica. Desde las primeras civilizaciones humanas, e incluso antes, las divisiones del trabajo se establecieron entre el género masculino y el femenino, entre la ciudad y el campo, y entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. El capitalismo extendió y profundizó esta división desigual, dándole una forma aún más alienante, al separar a los trabajadores de los medios de producción e imponer un régimen laboral rígidamente jerárquico que no solo divide a los trabajadores en función de las tareas que realizan, sino que fragmenta al propio individuo. Esta profunda división del trabajo es la base sobre la que la clase capitalista garantiza el orden social. Derrocar el régimen del capital significa, ante todo, trascender el extrañamiento en el trabajo y crear una sociedad profundamente igualitaria basada en la organización colectiva del trabajo por parte de productores asociados.
La crítica a la división del trabajo bajo el capitalismo no fue un elemento menor para Morris, como tampoco lo fue para Marx. En una traducción libre de la edición francesa de El Capital, Morris escribió: “No es solo el trabajo el que se divide, subdivide y reparte entre diversos hombres: es el hombre mismo el que se escinde, transformándose en el resorte automático de una operación única y repetitiva”. Morris, que se lamentaba también de la “transformación del operario en una máquina”, vio esto como la esencia de la crítica socialista (y romántica) del proceso de trabajo capitalista.
Estos temas volvieron a aparecer, una vez más, a finales del siglo XX, en la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: la degradación del trabajo en el siglo XX (1974). Braverman documentó la forma en que el ascenso de la gestión científica del trabajo bajo el capitalismo monopolista, implementada en base a las aportaciones de Frederick Winslow Taylor en Los principios de la administración científica, había convertido la “subsunción formal del trabajo en el capital” en un proceso material real. La centralización del conocimiento y el control tecnocrático del proceso de trabajo permitieron una enorme extensión de la división del trabajo y, en consecuencia, mayores ganancias para el capital. Lo que Braverman llamó la generalizada “degradación del trabajo bajo el capitalismo monopolista” constituyó la base material de la creciente alienación y pérdida de cualificación que se extendieron en el mundo laboral para la gran mayoría de la población.
Sin embargo, la evolución de la tecnología y de las capacidades humanas apuntaban hacia nuevas posibilidades revolucionarias, que estaban más en sintonía con Marx que con Smith. Como Braverman escribió:

“La tecnología moderna, de hecho, tiene una poderosa tendencia a romper las antiguas divisiones del trabajo, volviendo a unificar los procesos de producción. [...] Los alfileres de Adam Smith, por ejemplo, ya no los hace un trabajador que estira los alambres, otro que corta las medidas, un tercero que da forma a las cabezas, un cuarto que las fija a los alfileres, un quinto que afila la punta, un sexto que les da un baño de estaño y los blanquea, el de más allá que los coloca en un papel, etc. El proceso total se reunifica en un sola máquina, que transforma grandes rollos de alambre en millones de alfileres, preparados en su papel y listos para la venta. […] El proceso reunificado, en el cual la ejecución de todos los pasos corresponde al mecanismo operativo de una sola máquina, parece casar bien con un colectivo de productores asociados, ninguno de los cuales debería dedicar toda su vida a una sola función, siendo posible que todos ellos participaran en la ingeniería, diseño, mejora, reparación y puesta en marcha de máquinas cada vez más productivas. Tal sistema no implicaría pérdida de productividad y representaría la reunificación de la fábrica en un cuerpo de trabajadores muy superior a los antiguos artesanos. En definitiva: los trabajadores pueden convertirse hoy en maestros de la tecnología que manejan y controlar el proceso productivo desde el terreno de la ingeniería, y pueden, además, distribuir entre ellos de manera equitativa las diversas tareas relacionadas con esta forma de producción, que se ha vuelto tan fácil y automática”.

Para Braverman, el desarrollo tanto de la tecnología como del conocimiento y capacidades humanas, junto con la automatización, permiten una relación más completa y creativa del trabajador con respecto al proceso de trabajo, en contraste con la extrema división del trabajo que caracteriza a un sistema capitalista basado únicamente en la acumulación de beneficios. Esto abre nuevos horizontes para el trabajo no alienado y el desarrollo de destrezas en el puesto de trabajo, recuperando, a un nivel superior, lo que se ha perdido con la desaparición del trabajador artesanal. Pero hacer de esta posibilidad una realidad efectiva requiere un cambio social radical.
Un aspecto clave de la obra de Braverman era la crítica al marxismo, en la forma en que este se había desarrollado en la Unión Soviética, donde habían surgido entornos de trabajo degradado similares a los del capitalismo, pero sin la coacción del desempleo, lo que resultaba en problemas crónicos de productividad. Lenin había abogado por la adaptación de algunos aspectos de la gestión científica de Taylor en la industria soviética, alegando que combinaba “la refinada brutalidad de la explotación burguesa y algunos de los mayores logros científicos en su campo”. Los planificadores soviéticos posteriores hicieron caso omiso de los elementos más críticos de la propuesta de Lenin e implementaron un taylorismo puro, reproduciendo así los métodos más crudos de la organización del trabajo capitalista.
En la URSS y en la izquierda en general, la crítica de Marx (y Morris) al proceso de trabajo capitalista fue en gran parte olvidada, y el horizonte de progreso se vio reducido a mejoras relativamente menores en las condiciones de trabajo, a un cierto grado de “control obrero” y a la planificación centralizada de la economía. “Las similitudes entre las prácticas soviéticas y las propias del capitalismo”, escribió Braverman, “pueden conducir a la conclusión de que no hay otra manera de organizar la industria moderna” ―una conclusión que, sin embargo, va en contra del verdadero potencial contenido en la tecnología moderna para el desarrollo de las capacidades y necesidades humanas―. Para Braverman, la alienación y la degradación del trabajo no son inherentes a las relaciones de trabajo modernas, sino que son el resultado de priorizar, por encima de cualquier otra cosa, el beneficio y el crecimiento; una vía, esta, que al ser parcialmente imitada en la Unión Soviética, socavó la inicial promesa de liberación contenida en la revolución.

Un mundo de trabajo creativo

Lo anterior sugiere que la esencia de una futura sociedad socialista sostenible debe ubicarse en el proceso de trabajo ―dicho en términos de Marx: debe girar en torno a la cuestión del metabolismo naturaleza-sociedad―. Las visiones de un futuro postcapitalista que giran en torno a la expansión del tiempo de ocio y la prosperidad general, sin abordar la necesidad de un trabajo con sentido, están destinadas a fracasar.
Sin embargo, hoy en día la mayoría de las representaciones de una sociedad futura sostenible toman el trabajo y la producción como dimensiones absolutamente determinadas por la economía y la tecnología, o simplemente como realidades que irán siendo desplazadas por la automatización. En consecuencia, la maximización del ocio aparece como el objetivo más elevado de la sociedad, a menudo acompañado de la garantía de algún tipo de renta básica. Esto se puede ver en los trabajos de teóricos como Serge Latouche o André Gorz. El primero define el “decrecimiento”, del cual es un destacado defensor, como una formación social “más allá de la sociedad basada en el trabajo”. Despacha rápidamente los argumentos de aquella izquierda que aboga por el desarrollo de una sociedad en la que el trabajo asuma un papel más creativo, tildándolos de “propaganda pro-trabajo”. Es partidario, en cambio, de una sociedad en la que “el ocio y el juego tengan tanto valor como el trabajo”.
Los primeros análisis ecosocialistas de Gorz adoptan una postura similar. En su libro Los caminos del paraíso (1983), subtitulado (en la traducción inglesa) Sobre la liberación del trabajo, regresa a la noción aristocrática de Aristóteles, según la cual la vida es más gratificante fuera del ámbito mundano del trabajo. Gorz prevé una gran reducción del tiempo de trabajo ―“el fin de la sociedad del trabajo”―, calculando que los empleados trabajarán solamente mil horas al año, en el transcurso de veinte años de vida laboral. Esta reducción del tiempo de trabajo formal planteada por Gorz, según él inevitable en una sociedad futura, es la idea de una sociedad en la que todos somos pequeño burgueses ―gracias a la “revolución microelectrónica” y a la automatización―, como explicaremos enseguida.
Las relaciones de trabajo estándar, tal como se conciben en Los caminos del paraíso, estarían dominadas por la automatización, y la reducción resultante de las horas de trabajo permitiría compartir los trabajos más divertidos y profesionales entre más personas. Sin embargo, todo esto ocupa un lugar secundario: lo más importante es la promesa de un gran aumento del tiempo libre, permitiendo a las personas participar en todo tipo de actividades autónomas, concebidas como actividades de ocio individual y de producción doméstica, y no en términos de trabajo asociado. El centro de trabajo capitalista sigue organizándose en base a la administración científica taylorista, mientras que las cuestiones más complejas relacionadas con la automatización y la degradación del trabajo apenas se examinan. La libertad es vista como no-trabajo, en la forma de puro ocio, o como producción casera o informal. El punto de vista socialista alternativo, que pone el foco en la transformación del trabajo mismo en una sociedad futura, es descartado rotundamente como un dogma de “los discípulos de la religión del trabajo”.
Lo relevante es darse cuenta de que este tipo de proyecciones acerca de la sociedad capitalista avanzada, basadas en la automatización y la robotización ―y que con frecuencia se consideran representativas de tendencias teleológicas inevitables, provocando discusiones sobre “un mundo sin trabajo”―, no concuerdan con una concepción de la economía y la sociedad en estado estacionario, donde los seres humanos no serían apéndices de las máquinas ni sus siervos. El fatalismo hoy dominante no está suficientemente cimentado en una crítica de las contradicciones capitalistas contemporáneas. Es posible afirmar, por ejemplo, y a diferencia de lo que suele suponerse, que en la economía política actual la productividad no es demasiado baja, sino demasiado alta. El mero desarrollo cuantitativo ―medido en términos de crecimiento del PIB― ya no es el desafío clave si se quieren satisfacer las necesidades sociales. En una sociedad más racional y próspera, como argumentan Robert W. McChesney y John Nichols en People Get Ready, se enfatizarían los aspectos cualitativos de las condiciones de trabajo. Las relaciones laborales se verían como una base de igualdad y sociabilidad, en lugar de desigualdad y asocialidad. Los empleos repetitivos y poco cualificados serían reemplazados por formas de empleo activo, que pudieran contribuir al desarrollo humano integral. La tecnología, que constituye un valioso conjunto de conocimientos históricamente acumulados, se utilizaría para la promoción del progreso social sostenible, en lugar de para aumentar las ganancias y la concentración de capital de unos pocos.
Los seres humanos no solo necesitan un trabajo creativo en sus roles como individuos, sino que también lo necesitan en sus roles sociales, ya que el trabajo es un elemento constitutivo de la sociedad misma. Un mundo en el que la mayoría de la gente se retira de las actividades laborales, como sucede en la novela futurista de Kurt Vonnegut, La pianola, sería poco más que una distopía. El fin del trabajo, al que se aspira en muchas proyecciones de futuro, solo podría conducir a una especie de alienación absoluta: supondría alejarnos del núcleo de nuestra “actividad vital”, la que nos hace seres humanos, agentes transformadores que interactúan con la naturaleza. Abolir el trabajo constituiría una ruptura con nuestra existencia objetiva en su forma más significativa, activa y creativa ―una ruptura con la propia especie humana―.
La incapacidad de la que adolecen algunas visiones de una prosperidad sostenible para entender todo el potencial del trabajo humano libremente asociado socava, además, las (a menudo valientes) críticas al crecimiento económico que caracterizan al ecologismo radical actual. La desgraciada consecuencia es que muchos de los argumentos a favor de una sociedad próspera sin crecimiento tienen más en común con Bellamy que con Morris (o con Marx), ya que se centran casi exclusivamente en la expansión del ocio como no trabajo, mientras que minimizan las posibilidades productivas y creativas de la especie humana. En verdad, es imposible imaginar un futuro viable que no se centre en la metamorfosis del trabajo en sí mismo. Para Morris, como hemos visto, el arte y la ciencia son los dos ámbitos “inagotables” de la creatividad humana, en los que todas las personas podrían participar activamente en un contexto de trabajo humano asociado.
En una sociedad socialista futura, caracterizada por una prosperidad sostenible, que reconociera los límites materiales de la Tierra como su principio esencial  - de acuerdo con la máxima de Epicuro, según la cual “la riqueza, sin límites, es una gran pobreza”―, sería crucial concebir nuevas relaciones de trabajo, social y ecológicamente reproductivas. La idea heredada de que la maximización del ocio, el lujo y el consumo es el objetivo principal del progreso humano, y de que la gente se negará a producir si no está sujeta a la coacción o impulsada por la codicia, pierde gran parte de su fuerza a la luz de las contradicciones cada vez más profundas de nuestra sociedad sobre-productora y excesivamente consumista. Esta visión hegemónica va en contra de nuestros conocimientos antropológicos con respecto a muchas culturas precapitalistas y está lejos de constituir una concepción realista de la naturaleza humana, que tenga en cuenta la evolución histórica de los seres humanos en tanto que animales sociales. La motivación de cada uno para crear y contribuir a la reproducción social de la humanidad, junto con las normas superiores resultantes del trabajo colectivo, proporcionan estímulos poderosos para continuar el libre desarrollo humano. La crisis universal de nuestro tiempo necesita una época de cambio revolucionario intransigente; uno destinado a aprovechar la energía humana para el trabajo creativo y socialmente productivo en un mundo ecológicamente sostenible y sustantivamente igualitario. Al final, no hay otra manera de concebir una prosperidad verdaderamente sostenible.